La ciudad fantasma

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A veces el instinto lleva por el camino equivocado. Se acaba conduciendo por una carretera que parece que se extiende en linea recta hasta el horizonte. A los lados, un paisaje desértico, desolador. Sin un solo árbol. Sin una sola flor. Sin un solo ápice de vida en un rincón.

Es entonces cuando se da cuenta de que quizá no debería haber comprado aquel GPS tan bonito, pero barato, que le dejó tirada en la primera tormenta. A pesar de todo, la Tierra es redonda, si sigue avanzando tiene que llegar a algún lugar habitado. Así, Hilary conduce durante horas y horas, tratando de atravesar aquel frustrante e interminable descampado. Llega un momento en el que ya no sabe ni qué estaba buscando antes de perderse.

Sin embargo, un tiempo después, el GPS volvió a funcionar y le indicó que cogiera un camino alternativo,  que diera un giro de ciento ochenta grados. Feliz, lo hizo. Al cabo de un tiempo, vio un punto de luz a lo lejos. No se distinguía qué era, pero al menos era algo distinto al desierto y la muerte.

Según se fue acercando se dio cuenta de que se trataba de una ciudad y que el resplandor que se veía era una luz intensa y gigantesca que la iluminaba desde una de las torres de la iglesia de la plaza central.

Cuando llegó, aparcó el coche fuera de la muralla, y la cruzó a pie en busca de alguien que pudiera ayudarla. En aquella zona de la periferia, con tantos edificios delante, la luz apenas llegaba, y las calles estaban en penumbra. Las casas, construidas en sólida y fría piedra, tenían todas las puertas y ventanas abiertas, pero nadie parecía vivir en su interior. En el interior de las casas, la mesa estaba organizada como si fuera mediodía, con alimentos frescos, platos con aspecto delicioso, y copas de fino cristal llenas de vino tinto.

Dejando atrás los barrios residenciales, en el cine se proyectaba una película en blanco y negro, y en la feria, se podían oír las voces de las atracciones que invitaban a montar. Pero lo más curioso, y a la vez estremecedor, es que no había absolutamente nadie.

Siguiendo la luz, cada vez más potente, llegó a la plaza de la iglesia, donde parecía, incluso, que era de día. Bajo ese sol tan intenso, se encontró con una imagen que preferiría no haber visto en la vida: En el suelo, la tierra estaba arada, las hoces y palas tiradas, y cientos de cadáveres por los suelos.
Al parecer, las personas que, perdidas, llegaban a aquel recóndito lugar, trataban de sobrevivir mediante la agricultura sin saber que aunque aquello parecía el sol, tan solo era su luz reflejada en la pulida campana de la iglesia, que más que hacer crecer los cultivos, los quemaba.

Ahora pensemos en la carretera como nuestra vida, y el GPS bonito, pero barato como un supuesto amigo, que a veces desaparece y otras aparece para decirnos qué camino escoger en nuestra vida. Confiamos en él, le hacemos caso, pero su dirección no nos lleva al éxito, sino a un reflejo del mismo, algo que parece bonito, pero no lo es. Hay dos opciones, seguir creyendo en el amigo y luchar por sobrevivir bajo el falso sol que te quema, o bien, darnos cuenta del engaño y marchar en dirección contraria, siguiendo el sentido contrario al reflejo, que nos llevará al verdadero. Realmente, incluso de estos errores se aprende: procura elegir la segunda opción.

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