Sin descanso.

Aprender

“Este es el peor año, a partir de aquí todo mejorará”. Esta es la frase de apoyo que más me han repetido este año. Y tienen razón. Segundo de bachillerato es el curso más difícil al que cualquier alumno se enfrenta. Sin embargo, este agobio no sería necesario si hubiera otro tipo de organización.

Primero de todo, es un curso en el que no se mide ni la brillantez, ni la inteligencia de las personas, sino quién es capaz de memorizar más cosas en menos tiempo. En muchas de las asignaturas, acabamos aprendiendo como los loros y soltándolo en los exámenes, después de los cuales todo se acaba olvidando.

Por ejemplo, en historia tenemos que estudiar de la prehistoria hasta la actualidad, incluyendo fechas de todo tipo, con los días y meses incluidos. Memorizar más que otros cursos en un mes menos. Y no solo eso: hay profesores que en vez de ponernos facilidades para que llevemos todo mejor, nos ponen aún más trabajo. ¡Como si no tuviéramos ya suficiente! Nos dan hojas y hojas de apuntes, que tenemos que reducir a la mitad pero ¡eh!: no quites información, que si no está incompleto.

Luego están los típicos profesores que ponen los exámenes el doble de complicados de lo que son en PAU, o que son extremadamente estrictos corrigiendo. Cuando intentas hablar con ellos, ponen voz de padre sobreprotector y responden: “todo lo hago por tu bien, para que vayas bien preparado”. Es verdad que es mucho mejor acostumbrarse a cosas más difíciles, para que luego todo resulte más sencillo en junio, pero hasta un punto. Lo que parece que se les olvida es que nuestra nota de bachillerato vale incluso más que la de PAU, y nos lo están poniendo demasiado difícil, no prueban realmente que hemos entendido el temario.

Y los modelos de examen en sí. No pueden pedirnos que hagamos un texto argumentativo, una valoración crítica, un comentario de texto (leyendo y comprendiendo el texto, que para colmo no es de este siglo), desarrollar una corriente literaria, analizar sintácticamente, una pregunta de semántica… en solo 90 minutos. Es que es físicamente imposible optar al 10 en ese examen. Se puede acabar ese tipo de controles, pero nunca tenemos la posibilidad de lucirnos todo lo que somos capaces. Por otro lado, los exámenes de inglés son infinitamente más cortos (con muchísima diferencia) y el tiempo es el mismo. No llego a comprender por qué esto es así.

Afortunadamente, no todo es tan tan malo. Algunos profesores se vuelcan al 100 % con cada uno de nosotros, nos preparan perfectamente para su asignatura, sin ponernos las cosas más difíciles de lo necesario. Nos acostumbran desde el principio a la longitud de los exámenes (que en ciertas asignaturas es razonable). Transmiten tranquilidad, y no estrés, que es lo que necesitamos en estos meses.

Yo soy de esas personas que no se conforman. No puedo sacar una mala nota sabiendo que podría haber dado más. Mi orgullo personal no me lo permite. Aunque ha sido así desde que tengo memoria, este es el primer año en el que me acabo durmiendo poco para poder terminar todo lo que tengo que hacer cada día. Vivo encerrada en mi habitación, salvo los viernes, que ya mis padres me han prohibido tocar un libro del instituto o un cuaderno.  Creo que hasta ellos se han  dado cuenta de que este ritmo no es sano.

El único consuelo que me queda es que ya ha pasado más de la mitad. Queda lo peor, pero ya mucho menos. ¡Deseadme suerte, que la necesito!

¡Besitos a todos!

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