Esta semana he llegado a una conclusión: los problemas son como la lluvia.

 

 

Cuando chispea, no hay ningún problema. Se refresca el ambiente y apenas nos mojamos si no permanecemos quietos durante mucho tiempo.

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Foto de @crisrolu en Instagram 🙂 A mi me ha encantado y me inspiró para escribir este post, ¿qué os parece?

Sin embargo, si continúa lloviendo, o llueve con más fuerza, la cosa cambia… todo se moja, se empapa, te cala la ropa y hiela los huesos. Llega un punto en el que el agua que han acumulado las hojas de las plantas con todas sus fuerzas, ejerce demasiado peso sobre ellas y las hace vencerse e inclinarse hacia un lado para liberar ese sobrante.

A nosotros nos pasa exactamente lo mismo: cuando encontramos algún obstáculo conseguimos salvarlo sin problemas, pero si nos topamos con más cada vez, y más difíciles de salvar, empezamos a acumular estrés, miedo, preocupación… Al principio no resulta complicado, si bien nuestro cuerpo es humano, no divino, y pronto empezamos a notar que algo no va bien. No es hasta que estamos hasta arriba de problemas cuando explotamos, lloramos, gritamos. Y seguimos hasta que parece que no quedan lágrimas que derramar. Es entonces cuando nos notamos más ligeros, como si la presión que nos oprimía el pecho hubiera desaparecido, como si pudiéramos respirar aire fresco, aquel que se queda en el ambiente tras un buen chaparrón.

Muchas veces ocurre (al menos a mí), que después de este tipo de tempestades, llega un tiempo de frescura, y olor a hierba mojada. Un tiempo en el que estamos tan relajados que somos capaces de afrontar mejor unos problemas que antes nos parecían el fin del mundo. Aquí cobra sentido el famosísimo refrán “Después de la tempestad viene la calma”.

Lo que yo no entiendo de todo este asunto es por qué todos acostumbramos a ver a alguien llorar y automáticamente decirle que esté bien, que sonría, que no piense esas cosas… ¿Para qué? ¿Acaso es mejor una sonrisa falsa que siga envenenándonos por dentro, antes que un rato de desahogo que nos purifique del todo? Para mi gusto no.

Por eso, creo que todos deberíamos cambiar la mentalidad. Es mucho mejor escuchar, abrazar y dejar que alguien llore, grite, saque todo lo malo que lleva dentro, o incluso es preferible dejarle solo si es lo que necesita. Y cuando acabe y se sienta mejor, es cuando se puede razonar y es mucho más posible que la situación mejore. No tiene sentido hablar con una persona que no va a ver tu punto de vista, al tener los ojos nublados de esas lágrimas que intenta contener delante de la gente.

Y sí, claro que hay que ser feliz, pero yo siempre he dicho que para saber disfrutar de cada pequeño detalle que nos da la vida, tenemos que enfrentarnos a malos momentos, y cada uno lo hace a su manera. ¿Quiénes somos nosotros realmente para decirle a otra persona que no llore, o que no piense una cosa u otra?

Y hasta aqui mi pequeña reflexión del día. ¿Qué pensáis vosotros de este tema?

Oh, y una vez más… recordad:

Cuando las nubes negras, las de lluvia, se van… el cielo se queda azul 🙂

♥♥

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6 comentarios en “Una gota tras otra

  1. Grande tu post! Estoy totalmente de acuerdo contigo en que todos tenemos derecho a estar tristes alguna vez. Nos pasa mucho que confiamos mucho en las teorías positivistas, pero no se debe olvidar que hay situaciones emocionales que deben pasar por un proceso de catarsis para curar la herida. Besotes.

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  2. Hay que conocer la tristeza para llegar a la alegría y a la infelicidad para que la felicidad se acerque. El llanto hace que el alma se refresque, lave la pena, como las gotas que hablas en el inicio de este post. La tempestad nos vuelve fuerte si somos capaces de enfrentarla.
    Lindo, gracias por compartir esta reflexión, que a estas palabras me llevaron. Un abrazo

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