CONFESIÓN: Soy una asesina.

No es ficción. Os juro que esto es real. Ya sé que no me creíais capaz de hacer algo así… yo tampoco creí que pudiera… Pero supongo que la vida es así. A veces plantea ciertas situaciones en las que te ves obligado a intervenir… y no siempre de la forma que consideras correcta. Actúas mediante impulsos, olvidando el miedo, temor o precaución que tendrías en otras condiciones. A veces… el odio es demasiado grande. Y da igual lo demás.

Todo ocurrió hace unos días, por la noche, y en mi propia casa. Ya estaba metida en la cama, a punto de dormir después de un agotador día de estudio que me tenía desquiciada. Apagué la luz y cerré los ojos. De repente, oí un sonido… Había vuelto a entrar. En efecto, a pesar del cuidado que tenía siempre, cerrando a cal y canto todas las puertas y ventanas. No sé como pudo… pero entró. Y parecía que se paseaba por la casa como si fuera la suya propia, a sus aires, recorriendo el pasillo de un lado a otro. Buscaba algo.

Normalmente tenía miedo, normal… supongo. Pero esa noche, vi la situación de otra forma muy distinta. Abrí los ojos, muy decidida. Me levanté y, a tientas para pasar inadvertida, me dirigí hacia la cocina. Sin encender la luz, visualicé, a través de las sombras producidas por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, todo aquello que pudiera servirme. Paré la mirada en el soporte de los cuchillos, pero rápidamente deseché la idea. No tenía tanta habilidad como para eso. Podría acabar yo peor que él. Seguí paseándome por la cocina, hasta que se me ocurrió una gran idea. El baño era la solución. Pero al salir de la estancia cometí un tonto pero importante error. Tenía la costumbre de apagar la luz cada vez que salía, y eso mismo hice entonces. Salvo porque en vez de apagarla… la encendí.

Antes de que pudiera reaccionar, empecé a oír aquel sonido de nuevo. Me había descubierto. Entró en la cocina. Era grande, muy grande. Por un momento me replanteé la idea, pero ya era tarde. Estaba totalmente decidida a acabar con la situación de una vez por todas. Así que lo hice. Rápidamente abrí la despensa, cogí una servilleta, y, aprovechando que estaba quieto… lo maté.

Nunca pensé que pudiera hacerlo. Tengo fobia a los insectos. Absolutamente TODAS las noches tenía que aguantar el horrible zumbido del asqueroso mosquito que de una forma u otra conseguía entrar. Me levantaba con picaduras, algunas de ellas hinchadas. Pero eso se acabó. Me cansé y la desesperación me hizo olvidar mis miedos e ir a por él sin escrúpulos. Un chupasangres menos en el mundo.

DEP.

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